dissabte, 30 d’octubre de 2010

dimarts, 26 d’octubre de 2010

Natura



Para hablar con verdad, pocas personas adultas pueden ver la Naturaleza. La mayoría de las personas no ven el sol. Al menos lo ven muy superficialmente. El sol sólo ilumina la vista del hombre, pero brilla en los ojos y el corazón del niño. El amante de la Naturaleza es aquel cuyos sentidos interiores y exteriores están ajustados uno a otro; el que ha conservado el espíritu de la infancia en la época de la edad madura. Su comunicación con los cielos y la tierra forma parte de su alimento diario. En presencia de la Naturaleza penetra al hombre un deleite violento, a pesar de las tristezas reales.
Ni el sol ni el verano sólo, sino cada hora y cada estación, rinden su tributo de deleite; porque cada hora cada cambio implica y autoriza distinto estado de espíritu, desde la tarde ardiente hasta la obscura media noche. La Naturaleza es un coliseo donde igual se desempeña un juguete cósmico que un drama. Disfrutando de buena salud, el aire es un cordial de increíble eficacia. Cruzando el terreno raso, con lodazales de nieve, al crepúsculo, bajo un cielo entoldado, sin pensar en ninguna cosa especial, he gozado de una perfecta alegría. Casi temo pensar en lo contento que estoy.

Ralph Waldo Emerson

dilluns, 25 d’octubre de 2010

Altruisme i evolució



http://www.somosprimates.com/2010/10/¿me-echas-un-cable/?ref=nf

dissabte, 23 d’octubre de 2010

Eternal Love Affair



Bellesa visual i joia auditiva

dimecres, 20 d’octubre de 2010

Tardor, tertúlies i cafès

EL PAÍS.
Los cafés son para el otoño

Tránsito de Tarifa a Vitoria-Gasteiz con parada apetecible y humeante en diez cafés literarios, modernos, con solera o, simplemente, singulares

Cristina Crisol- 15/10/2010




"Oh, ¡Cómo me gusta el café azucarado! Es más agradable que mil besos, más dulce que el vino moscatel, Café, Café, te necesito; y si alguien quiere conformarme, oh, ¡que me sirva un café!", J. S. Bach no pudo dejar más claro en su 'Cantata del Café' su amor por este democrático brebaje. Con la llegada del equinoccio de otoño y con la manga larga asentada en la vestimenta, los encuentros, las esperas o las conversaciones entre amigos se establecen alrededor de un café. Solo, cortado, con leche, manchado, irlandés o vienés es sólo cuestión de gustos.

La tarta de zanahoria del Café de Ruiz (calle Ruiz, 11, Madrid) es espectacular. Este acogedor café se encuentra en pleno centro del barrio de Malasaña. En su carta se pueden encontrar gran variedad de cafés, destacando el cubano y el ruso. Está abierto desde las 14 horas hasta las 3 de la mañana, ideal para tomarse un café o cóctel y luego salir por los bares de Malasaña. Cuando hace buen tiempo abren sus grandes ventanales para que los clientes se sientan como en casa.

La Librería café Laie (Pau Claris, 85, Barcelona) es un espacio contemporáneo y relajado para disfrutar de un buen café, tras haber echado un vistazo a su completa librería de la planta baja. Subiendo las escaleras el cliente se encontrará con un espacio idóneo para tomar un café, además ofrecen packs creativos de desayuno o merienda que contrastan con detalles antiguos como el suelo de mosaico catalán. Horario de 9 a 21 horas.

Un imprescindible de Madrid es el Café Gijón (Paseo de Recoletos, 21). Sentarse una tarde, solo, a tomar un café aquí es respirar historia. Fue fundado en 1888 por Gumersindo Gómez, quién sólo puso una condición para su traspaso: no cambiar nunca el nombre. Los cortinajes, espejos, mesas de mármol blanco y los asientos de terciopelo rojo han visto desfilar a figuras literarias como Pérez Galdós, Lorca o Machado.

En pleno centro histórico de Malága se encuentra el Café Central (Plaza Constitución, 11), un establecimiento que ha sabido adaptarse al paso del tiempo. Quizás lo más significativo sea que en 1940, su propietario inventó una nomenclatura para todos y cada uno de los tipos de café que se servían en función de la cantidad de leche que se le añadiese. En este lugar suelen darse cita cantaores y bailaores de flamenco para echar un rato de tertulia. Acoge también una confitería con lo que las meriendas con café son toda una delicia.

El nombre del Café de las Horas (Calle del Conde de Almodóvar, 1, Valencia) le viene que ni pintado. En este lugar mágico el tiempo transcurre sin percatarnos de su paso por el entusiasmo que despierta su decoración victoriana y la quietud de su ambiente mecido con música clásica. Además de sus cafés hay una extensa variedad de tés. Ofrece un programa cultural muy amplio, desde lectura de poesía, conversación multilingüe hasta degustación de tés.


En el número 74 del paseo de La Rambla de Barcelona podemos entrar a descansar y tomarnos un café en el modernista Café de L'Òpera. Clásico punto de encuentro frente al Gran Teatro del Liceo. Quien piense tomar un café, bien puede cambiar de parecer al mirar la carta con los más de 300 tipos de tés del mundo que ofertan. El Cafè de l'Òpera dedica cada mes a un producto determinado café, té, whisky... y organiza una serie de charlas y degustaciones para conocer bien este producto gracias a especialistas invitados. El acceso es libre.

Los que han ido al Desafinado Café Jazz (calle S. Antonio Mª Claret, 17, Zaragoza) dicen sentirse en él como en casa. En otoño cuando ya no hace tiempo de terrazas se refugian aquí para compartir un café o una cerveza con muy buena música. Su programación musical es muy cuidada, el jazz y el blues son sus notas predilectas. Un lugar ideal para quedar con los amigos y pasar una agradable tarde/noche. Cierran a las 23:30.

El Café Central, ubicado en el centro de Tarifa (calle Sancho IV El Bravo, 10), es más conocido como 'la casa amarilla' por el color de sus muros. Desayunar en esta cafetería es un placer, si el tiempo acompaña tienen la terraza puesta y ahí se podrán saborear su infinidad de zumos naturales de frutas. Si se acude un poco más tarde se pasa ya al picoteo. Las tapas de jamón y queso son generosas y de muy buena calidad, tendrán que ser acompañadas por una copita de Jerez.

Seguro que el Café Caruso en Vitoria-Gasteiz sería una parada obligatoria para el tenor italiano con el que comparte nombre (Calle Enrique Eguren Kalea, 9,). La buena música es uno de sus distintivos, al igual que su extensa carta de cafés. Destaca también la cerveza de barril belga Grimbergen, elaborada por los monjes Norbertinos. Cierran bastante tarde y aprovechan cualquier excusa para activar la vida cultural de la ciudad. Fueron unos abanderados del cómic cediendo el espacio del Café para numerosas exposiciones.

El edificio donde se ubica el café-Jazz Birdland (calle Azafranal, 57, Salamanca) es lo primero que llamará la atención del cliente, detenerse en su fachada es el comienzo de una agradable velada. Este café de dos pisos invita al relax y a la conversación, con música cuidada y una mirada selección de exposiciones. Desde las 10 de la mañana se pueden saborear sus variedades de café hasta bien entrada la noche donde se podrán tomar las primeras copas. No hay que perderse la terraza del último piso.

http://elviajero.elpais.com/articulo/viajero/cafes/otono/elppor/20101013elpepuvia_3/Tes

dimarts, 19 d’octubre de 2010

Valor afegit




La Fageda a la xarxa:

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dimecres, 13 d’octubre de 2010

El llenguatge de les màquines




Lo saben todos los buenos directores de cine: nada habla más que una máquina cuando habla. Las poleas, los cables, la cápsula, con su implacable ritmo ajeno a cualquier especulación, dicen más que todas las caras llorosas y los discursos patrioteros con que la televisión chilena rellenó la espera hasta que los hombres naranjo rojo empezaron a moverse y la cápsula empezó su primer vuelo vertical. El movimiento de la polea sobre el agujero, el vapor saliendo del agujero no necesitaban comentario. Las máquinas, que no especulan, que no mienten, se tomaron por unos minutos enteros el centro del escenario. Los ingenieros convirtieron el sentimentalismo de los periodistas en verdadero sentimiento. Los segundos corrieron en una esquina de la pantalla y Manuel González bajaba por primera vez hacía la oscuridad más reporteada del mundo.

Luego vino el encuentro en otro planeta. La silueta de los mineros recibiendo la visita, los abrazos, la felicidad también austera, lenta, cuidadosa. Los periodistas allá arriba rellenaron el tiempo como pudieron de metáforas (la más socorrida fue la de un parto), el presidente preparó su gran momento, nadie estaba seguro de poder creer lo que estaba viendo: Florencio Ávalos disfrazándose como en un juego para dejarse encerrar en esa cápsula con nombre de misión espacial. Lo más parecido que tuvo Chile nunca a la conquista del espacio. Un reencuentro con lo que ha sido el viaje más común entre los que escriben, pintan o cantan en Chile, el viaje hacia al espacio interior de la tierra chilena, ese mismo espacio interior que recorrieron desde Neruda a Violeta Parra, pasando por Manuel Rojas y José Donoso. Un país que incluso en su más sofisticada aventura no puede ni quiere dejar de ser telúrico.

En un país que se enorgullece de aproximarse a los estándares del primer mundo, hemos vuelto a vivir escenas dignas de una novela de Zola (o su émulo chileno Baldomero Lillo), una novela del siglo XIX con un final a la Steven Spielberg en Encuentros cercanos del tercer tipo. Los 33 mineros le dieron una inesperada popularidad al Gobierno que creyó con fe en su rescate cuando nadie creía, pero también lo obligó a poner en su agenda el tema siempre olvidado de la seguridad laboral. El rescate cambió Chile, dicen la mayor parte de los comentaristas, pero quizás sería más correcto decir que lo devolvió a lo que siempre ha sido, una historia llena de riesgo y esfuerzo que empieza muchas veces mal y termina muchas veces bien.

En una extraña justicia poética, el Gobierno y el sector privado han gastado en el rescate de estos 33 mineros lo que nunca gastaron en su salud, educación, o seguridad laboral. Sus rostros completamente anónimos hasta ahora, han recibido de manera condensada y vertiginosa toda la atención que los medios de comunicación solía mezquinarles. Ese pedazo de desierto, lejos de cualquier mapa turístico, se ha vengado de décadas de olvido convirtiéndose en el centro del mundo para contarnos una historia que viene directamente del centro mismo de la tierra. Una historia que es la de todos los que estamos madrugando para seguirla: La de la lucha cuerpo a cuerpo contra la muerte. Una lucha que esta vez ganamos los que siempre la perdemos, los hombres y sus maquinas.

Rafael Gumucio (Santiago de Chile, 1970) es periodista y escritor chileno. Su última novela es La deuda (Mondadori).

http://www.elpais.com/articulo/internacional/lenguaje/maquinas/elpepuint/20101013elpepuint_5/Tes